Parte 6
La primera semana de conferencias era una escuela sobre geometría de Poisson, el remate de esta escuela era la exposición de Maxim Kontsevich. Este matemático ruso se hizo famoso cuando recibió la medalla Fields por las locuras que salían de su mente. La medalla Fields es el equivalente en matemáticas al premio Nobel y muy pocos la han ganado, es el premio más importante al que puede aspirar un matemático. Como era de esperarse, la exposición iba a ser muy concurrida. Aunque la analogía sea un poco rara, esa exposición era el equivalente matemático a un concierto de rock. Nunca había estado en un ambiente semejante, el gigantesco salón de conferencias se llenó por completo, incluso había mucha gente de pie. La mala ventilación hizo de las suyas y el calor humano era exagerado. Era un viernes y la exposición empezaba a las 4 de la tarde, los organizadores lo habían puesto como remate de la primera semana de eventos pues era difícil pensar en un mejor broche. Al llegar Kontsevich todo el mundo empezó a aplaudir y él simplemente empezó, ¡y empezó con toda!. Nunca en mi vida había visto una mezcla de genialidad y caos como ese día, su mente pensaba tan rápido que ni podía hablar a la misma velocidad, y eso que hablaba demasiado rápido. Escribía en el tablero afanosamente, casi con desesperación por no poder acelerar más, y de vez en cuando se volteaba hacia el público para decir alguna frase imposible de entender. En cierta forma era como si su mente quisiera escapar de las limitaciones de su cuerpo. Con semejante forma de exponer y el calor del recinto, pasó lo obvio y casi todo el mundo se durmió, además la exposición, originalmente de hora y media, empezó a acercarse a las dos horas y no había señales por ningún lado de que terminaría pronto. En mi caso, aún con problemas por el horario, no pude dormir, de hecho casi ni parpadeaba, y aunque no entendí una sola palabra, me resultaba fascinante observar al expositor.
El sábado salí a conocer la ciudad. Mi destino fue el parque Ueno, famoso por sus museos. Llegué muy temprano y aún no estaba abierto ningún museo, así que di un paseo por el lugar. Este parque es gigantesco, a un lado tiene un estanque lleno de flores de loto y en la mitad de este estanque se encuentra una pequeña pagoda muy bien decorada. La imagen de la pagoda en la mitad de los lotos es bastante impactante. El parque tiene también numerosos templitos y varias estatuas de personalidades importantes de Japón. Una cosa que me impresionó es la gran cantidad de gatos que merodeaban por todas partes, muy amistosos por cierto. Cuando al fin abrieron los museos, empecé por el metropolitano de Tokio, hice la fila y cuando abrieron las puertas yo simplemente seguí a la multitud y compré una boleta. La fila resultó ser para una exposición de pinturas traídas del museo de El Prado en España. Entre lo que trajeron estaba Velásquez, El Greco etc. La exposición fue muy interesante, y fué divertido haber visto cosas de un museo español en pleno Japón. Continué viendo otras exposiciones, en algunas incluso dejaban tomar fotos, algo inaudito en un museo. Al salir fui al museo nacional de Tokio, este contiene obras de arte de todas las épocas y regiones de Japón, tenía espadas, kimonos, kakimonos, estatuas de templos budistas y shintoistas y la cerámica de la era Yoomon. Esta cerámica es la más antigua conocida y data de los primeros habitantes de la isla, quienes llegaron a través de ciertos puentes naturales que unían Japón y China. Un museo extraordinario pero demasiado grande, así que no pude recorrerlo con calma, además mis pies me estaban matando. En un edificio contiguo se encontraba una colección de arte asiático bastante famosa según me di cuenta. En ese edificio había varias piezas de cerámica china. Me encantó la absoluta simpleza y hasta cierto punto ```frescura`` de estas piezas, las curvas de su diseño daban una sensación de fluidez y armonía. Después de almorzar, visité un museo de ciencia muy poco interesante, una vez salí de ahí me dirigí a otro lugar de la ciudad.
Tomando el metro llegué al distrito de Ginza, el distrito elegante de Tokio. En sus calles se encuentran muchos nombres famosos: Gucci, Cartier, Zenú (no mentiras, tampoco) etc. La gente en esta parte vestía muy elegante y salían de almacenes de más de ocho pisos. Ese día la calle era peatonal y pusieron mesas y sillas en la calle, todo esto producía un ambiente muy agradable. Me quedé dando vueltas hasta que anocheció y tomé muchas fotos de esta parte de la ciudad, con la noche aparecieron nuevamente los colores de los que tanto les he hablado.
Volver a los dormitorios fue una tortura debido al estado de mis pies, este problema estaba empezando a preocuparme, además al otro día tomaría un tren hacia el norte de Tokio a conocer otro lugar maravillo y allá tendría que caminar muchísimo.
En la siguiente entrada les hablaré de ese lugar.
Andrés

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