(Esta es la continuación de la parte 5, tuve algunos problemas para subirla al blog. Empiecen a leer en la entrada de más abajo).
Llegué entonces a Akihabara, el distrito tecnológico de Tokio, aquí se consiguen computadores, celulares, videojuegos, cortaúñas con MP3 etc. No por nada el sobrenombre de este lugar es ‘’Electric Town’’. El distrito eléctrico es un lugar impresionante, al igual que Shibuya tiene muchas luces, televisores gigantes y letreros pero la gran diferencia radica en que este es un distrito comercial y el ambiente es muy distinto. Para comprar la cámara, fui a una tienda de aparatos electrónicos llamada big Camera. El nombre estaba muy bien puesto pues era un edificio de ocho pisos y cada uno era más o menos del tamaño de una cancha de fútbol. En el primer piso sólo había celulares y reproductores de MP3, más arriba televisores de pantalla plana, equipos de sonido, Software, computadores portátiles, electrodomésticos y muchísimas cosas más. Creo que las cámaras estaban en el cuarto piso, al llegar me di cuenta que la decisión sería difícil porque había demasiado de donde escoger. La parte de cámaras digitales tenía por lo menos cien en vitrina y cada una hacía esto y lo otro. Me demoré mucho decidiendo y acaparé al único vendedor de toda la tienda que hablaba un poquito de inglés, muy poquito de hecho, y explicarle lo que yo quería, incluyendo mi presupuesto, mezclando señas con palabras de inglés y un poquito de japonés fue muy dispendioso. Al final conseguí una Exilim de Casio, con una resolución de diez megapixels, algo exagerado pero yo quería tener las fotos más nítidas posibles pues, cuando pase el tiempo, sólo ellas le permitirán a mi mente revivir con exactitud la gran cantidad de recuerdos que tengo.
Al salir de la tienda recorrí un poco más la zona y finalmente me dirigí al complejo para descansar.
Debido a que ha pasado mucho tiempo desde que volví, algunos recuerdos han empezado a confundirse, en especial el orden cronológico de ciertos eventos. Digo esto porque creo que fue esa noche cuando sucedió lo que voy a narrar aunque pudo haber sido la siguiente.
Llegando al complejo, salí a buscar algo de comer. No había visto los horarios bien y llegué muy tarde a la cafetería principal. De hecho no tan tarde pero esta cafetería se cerraba a las siete de la tarde y ya eran más o menos las ocho. Por haber caminado tanto durante esos días y no tener unos zapatos muy cómodos, mis pies me torturaban y eso repercutió seriamente en mi estado de ánimo, en pocas palabras: ‘’estaba muy berraco’’. Encontrar la cafetería cerrada fue la cereza del pastel, no me di cuenta sino varios días después que las otras cafeterías del conjunto abrían hasta muy tarde. No tuve otra opción que salir del complejo a buscar un restaurante pues en mi caso hambre mata cansancio. Entonces las cosas se me complicaron más pues no encontraba un restaurante que me gustara, todos eran o caros o feos o estaban llenos de gente. Al final me metí a un bar de Sushi muy pequeño pero muy bonito, de todos los lugares a los que había ido este era el más representativo de la cultura japonesa. Me senté, pedí unos makis y cuando me preguntaron que quería tomar dije ‘’Coca-Cola’’, en ese momento toda la gente que estaba en el lugar se carcajeó. Mi reacción fue mirarlos con cara de puño, en ese momento no estaba para bromas. En retrospectiva, pedir Sushi con Coca-Cola es como pedir tamal con champaña, así que tenían razón en reírse. Yo sabía que el Sushi se come con cerveza o con Nihonshu pero, estando tan cansado, temía acabar borracho o que el trago me sentara mal. A diez mil kilómetros de casa era mejor no tentar el destino. Un par de japoneses me habían estado viendo con curiosidad y me preguntaron de donde venía, les dije que venía de Colombia y la razón del viaje. La conversación continuó, a pesar de que yo casi no hablaba japonés y ellos hablaban menos inglés. Entonces sucedió lo que me temía, uno de ellos me invitó una cerveza, y en Japón las latas de cerveza son el doble de grandes que en Colombia. Yo estaba muy cansado y los ojos se me cerraban, pero una regla inquebrantable en Japón es nunca rechazar una invitación o un regalo. La cultura japonesa se basa fuertemente en el protocolo y el ofrecer un regalo y que este sea rechazado es el peor insulto concebible para un japonés. Acepté la cerveza y como era de esperarse me mareó casi al instante, menos mal había comido algo y eso en algo ayudó. Después de más de una hora de conversación, me invitaron Nihonshu y en ese momento no tuve más remedio que ser descortés y decir que no debía tomar más. Los japoneses habían sido muy amables y me dio mucha pena rechazar la oferta pero yo estaba seguro que de seguir tomando acabaría en pocos instantes cantando en la calle o dormido en un basurero. Esa noche llegué a mi cuarto y caí como una piedra.
El mayor error que cometí en el viaje fue subestimar mis pies, a partir de ese día me empezaron a doler fuertemente, al punto que condicionaron buena parte de las actividades que realizaba. Como consejo, si por alguna razón los pies empiezan a dolerles durante un viaje, cambien de zapatos al instante y pongan sus pies en agua caliente con sal, eso ayuda mucho.
Bueno, hasta la próxima.
Andrés.
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